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Hace una década, el analista
argentino Gerardo Bongiovanni predijo que la presencia
de las multinacionales en América Latina reduciría
sustancialmente los niveles de corrupción en la región.
La hipótesis parecía razonable. Si esas empresas
provenían de sociedades en las que la norma era el
comportamiento ajustado a la ley, una vez instaladas en
Iberoamérica contribuirían con su ejemplo al
adecentamiento de la vida pública en estas naciones.
Actuarían como focos de irradiación de lo que hoy se
llama “responsabilidad corporativa”. O sea, la idea de
que los empresarios no están exentos de someterse a un
código ético, exactamente igual que se espera de los
médicos, los abogados o cualquier otro profesional.
Bongiovanni, con cierta melancolía, acaba de rectificar
su opinión en un foro organizado en Madrid por la
Fundación Internacional para la Libertad: ha sucedido lo
contrario. Las multinacionales -las norteamericanas, las
europeas y las asiáticas- se han adaptado a los podridos
hábitos latinoamericanos y, con pocas excepciones, pagan
coimas y vulneran las reglas escudándose tras el
argumento de que ésa es la única forma de hacer negocios
en la región. O pagan o tienen que irse, porque sólo
mediante el soborno de funcionarios deshonestos pueden
ganar licitaciones públicas. Naturalmente, no todos los
países operan con el mismo nivel de corrupción. En
Chile, Uruguay y Costa Rica los hábitos de gobierno son
mucho más sanos, de acuerdo con los informes de
Transparencia Internacional, una organización dedicada a
evaluar la honradez de las naciones en el mundo.
La corrupción genera un daño doble. Por una parte, eleva
los costos de transacción. Si una empresa internacional
de comunicaciones o de energía reparte millones de
dólares entre los funcionarios y los políticos que les
han garantizado una posición ventajosa en el mercado
local, sin duda alguna esos costos serán agregados a las
tarifas de los consumidores finales. La corrupción no le
cuesta al empresario, no sale de su bolsillo: es abonada
por los indefensos consumidores directamente o por medio
de los impuestos.
Pero el daño intangible es el más peligroso: en las
sociedades en las que la corrupción es rampante, y en
donde nunca o casi nunca se castiga a los culpables, la
población se vuelve totalmente cínica y se distancia del
Estado. ¿Cómo sentir que el ámbito público nos pertenece
y ha sido segregado libremente para nuestro beneficio si
sólo sirve para enriquecer a la clase dirigente? Por esa
brecha moral es que penetran los Chávez y los Evos de
este mundo. Por eso los golpes militares o las acciones
violentas de los insurrectos suelen tener cierto apoyo
popular en América Latina: no son vistos como agresiones
contra el Estado de derecho, sino contra la injusticia y
el peculado. Por eso, también, la corrupción de las
multinacionales no es sólo un delito económico: es un
grave atentado contra la democracia.
No tiene sentido que en las naciones del mundo
desarrollado se persiga el lavado de dinero mientras las
empresas internacionales más importantes participan en
el exterior de una forma de delincuencia más destructora
y dañina. ¿Cómo puede aliviarse ese problema?
Evidentemente, con sanciones ejemplares. Si la Unión
Europea les ha impuesto a la americana Microsoft, a la
alemana Siemens o a Telefónica de España multas de
centenares de millones de dólares por obstaculizar la
competencia, ¿cuánto deberían pagar las multinacionales
por prácticas aún peores en el continente
latinoamericano? ¿No es mucho más grave comprar
presidentes, ministros y legisladores que tratar de
manipular el mercado?
El argumento de que ésa es la única forma de hacer
negocios en el tercer mundo no es válido. Si no estamos
dispuestos a admitir el derecho de un médico a engañar a
sus pacientes o de un abogado a mentir a sus clientes o
a los tribunales, no es posible que les concedamos a los
empresarios una patente de corso para salir a hacer
trampas en el extranjero. Si violar la ley es el único
camino disponible, es preferible no transitarlo y
concentrar las actividades empresariales en donde el
juego sea limpio. No es aceptable ser una persona
honrada en la casa propia y un bribón en la ajena.
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