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A lo largo de la historia han surgido, especialmente durante la era industrial, por la marcada diferencia que existía entre sociedades agrícolas e industriales, corrientes de pensamiento que hacían una distinción entre culturas que por su naturaleza podrían progresar y culturas que por su naturaleza jamás podrían hacerlo. Se entiende que todas las personas, por el simple hecho de ser seres humanos, poseen el don natural de la creatividad individual. Por lo tanto, todos tenemos una mínima capacidad de generar riqueza, perfeccionarnos y progresar, que se incrementa a medida que poseemos mayores posibilidades de cooperar con otras personas. Pero este don natural y esa posibilidad muchas veces son inhabilitados o reprimidos por factores externos, tales como la concentración excesiva del poder en los gobernantes. Y resulta fundamental, para entender por qué la generación de riqueza requiere de una cierta desconcentración del poder político, indagar sobre la naturaleza misma del poder político y compararla con la de la riqueza.
Es importante aclarar que el poder político, entendido como capacidad de influir en el comportamiento de las personas con el respaldo de la violencia, sea ésta latente o efectiva, es un bien rival. Esto quiere decir que existe por sí mismo, no puede generarse. Es decir, las posibilidades o límites físicos del comportamiento humano estarán dados por la naturaleza y la tecnología, y más allá de eso permanecerán invariables. Luego, esa especie de cantidad de comportamiento disponible, podrá dividirse entre gobernantes y gobernados según el sistema político existente, debido a que cada sistema político lleva a una determinada distribución general de la capacidad de influir sobre el comportamiento humano por medio de la violencia.
A diferencia de la riqueza, que se genera con el trabajo, el poder político se concentra y se absorbe si se lo acumula, dejando a las demás personas con una menor capacidad para influir sobre su propio comportamiento, y por lo tanto con una menor capacidad para crear riquezas y edificarse un futuro digno, debido al menor poder de decisión, cooperación y adaptación a las circunstancias. Por eso la democracia ha sido condición para que los países se desarrollen, entendida ésta como desconcentración del poder político. La sola existencia del Estado representativo implica cierta concentración del poder político, pero la misma es un mal menor en relación a la anarquía, el avasallamiento del más fuerte y la pobreza fruto de una menor libertad y seguridad para cooperar que resultarían de una desconcentración exagerada del poder político y de la incapacidad para encarar problemas nacionales o transnacionales de manera integral. Queda claro que en ese marco de ausencia del Estado el resultado sería una mayor, y no menor, concentración del poder político. Por eso no está mal decir que la tarea de los gobernantes debiera ser la búsqueda de la mayor desconcentración posible del poder político, evitando el autoritarismo pero sin caer en la ausencia del Estado, que produce un vacío de poder que termina siendo llenado desde arriba y generando un autoritarismo mayor.
A lo largo de la historia, se ha visto cómo culturas consideradas ajenas a los supuestos "valores occidentales" se han modernizado, democratizado y desarrollado. Basta citar los ejemplos de Japón, Corea del Sur, Chile o incluso en gran medida Turquía. Y esto es una demostración más de que el progreso es originado, no por una cierta identidad cultural o procedencia geográfica, sino por la desconcentración del poder que implica una mayor cantidad de herramientas a disposición de la gente para generar riqueza, cooperar y edificarse paulatinamente un futuro próspero y feliz. Y esta desconcentración del poder político ha sido maximizada por medio de la división e independencia de los poderes, el Estado de Derecho, las elecciones libres, la descentralización administrativa, simplificación y reducción de impuestos, entre los puntos más importantes. |