Todas las culturas pueden y la naturaleza de lo político
por Rafael Micheletti

A lo largo de la historia han surgido, especialmente durante la era industrial, por la marcada diferencia que existía entre sociedades agrícolas e industriales, corrientes de pensamiento que hacían una distinción entre culturas que por su naturaleza podrían progresar y culturas que por su naturaleza jamás podrían hacerlo.
Sin embargo, esta línea de pensamiento está en completo desuso hoy en día. Esto es porque, luego de la II Guerra Mundial, o sea, a partir del comienzo de la era de la información, la forma de entender el mundo cambia radicalmente. Y, como parte de este cambio radical, se elimina todo prejuzgamiento sobre la capacidad de las personas que nacen en sociedades más atrasadas. Comienza a comprenderse que son otras las fuerzas que condenan al estancamiento a distintas sociedades del globo. Y son fuerzas que no necesariamente provienen de la capacidad de las personas.

 

Se entiende que todas las personas, por el simple hecho de ser seres humanos, poseen el don natural de la creatividad individual. Por lo tanto, todos tenemos una mínima capacidad de generar riqueza, perfeccionarnos y progresar, que se incrementa a medida que poseemos mayores posibilidades de cooperar con otras personas. Pero este don natural y esa posibilidad muchas veces son inhabilitados o reprimidos por factores externos, tales como la concentración excesiva del poder en los gobernantes. Y resulta fundamental, para entender por qué la generación de riqueza requiere de una cierta desconcentración del poder político, indagar sobre la naturaleza misma del poder político y compararla con la de la riqueza.

 

Es importante aclarar que el poder político, entendido como capacidad de influir en el comportamiento de las personas con el respaldo de la violencia, sea ésta latente o efectiva, es un bien rival. Esto quiere decir que existe por sí mismo, no puede generarse. Es decir, las posibilidades o límites físicos del comportamiento humano estarán dados por la naturaleza y la tecnología, y más allá de eso permanecerán invariables. Luego, esa especie de cantidad de comportamiento disponible, podrá dividirse entre gobernantes y gobernados según el sistema político existente, debido a que cada sistema político lleva a una determinada distribución general de la capacidad de influir sobre el comportamiento humano por medio de la violencia.

 

A diferencia de la riqueza, que se genera con el trabajo, el poder político se concentra y se absorbe si se lo acumula, dejando a las demás personas con una menor capacidad para influir sobre su propio comportamiento, y por lo tanto con una menor capacidad para crear riquezas y edificarse un futuro digno, debido al menor poder de decisión, cooperación y adaptación a las circunstancias. Por eso la democracia ha sido condición para que los países se desarrollen, entendida ésta como desconcentración del poder político.
A veces la delegación de poder en autoridades representativas es necesaria para llevar a cabo actividades socialmente necesarias que los individuos no podrían llevar a cabo por sí mismos, pero esta clase de intervención amplía, y no reduce, la esfera de influencia y poder de los ciudadanos.

 

La sola existencia del Estado representativo implica cierta concentración del poder político, pero la misma es un mal menor en relación a la anarquía, el avasallamiento del más fuerte y la pobreza fruto de una menor libertad y seguridad para cooperar que resultarían de una desconcentración exagerada del poder político y de la incapacidad para encarar problemas nacionales o transnacionales de manera integral. Queda claro que en ese marco de ausencia del Estado el resultado sería una mayor, y no menor, concentración del poder político. Por eso no está mal decir que la tarea de los gobernantes debiera ser la búsqueda de la mayor desconcentración posible del poder político, evitando el autoritarismo pero sin caer en la ausencia del Estado, que produce un vacío de poder que termina siendo llenado desde arriba y generando un autoritarismo mayor.

 

A lo largo de la historia, se ha visto cómo culturas consideradas ajenas a los supuestos "valores occidentales" se han modernizado, democratizado y desarrollado. Basta citar los ejemplos de Japón, Corea del Sur, Chile o incluso en gran medida Turquía. Y esto es una demostración más de que el progreso es originado, no por una cierta identidad cultural o procedencia geográfica, sino por la desconcentración del poder que implica una mayor cantidad de herramientas a disposición de la gente para generar riqueza, cooperar y edificarse paulatinamente un futuro próspero y feliz. Y esta desconcentración del poder político ha sido maximizada por medio de la división e independencia de los poderes, el Estado de Derecho, las elecciones libres, la descentralización administrativa, simplificación y reducción de impuestos, entre los puntos más importantes.
No sería errado, por lo tanto, mantener un generalizado optimismo acerca del futuro de la humanidad. Y esto no implica caer en la ingenuidad de creer que el poder va a desconcentrarse automáticamente, sin requerir de grandes esfuerzos ciudadanos que triunfen sobre intereses creados, los prejuicios y la ignorancia. Lo que esto implica es que podemos mantener las esperanzas intactas, juntar fuerzas y seguir adelante a través de los desafíos y las adversidades, ya que todas las personas, tarde o temprano, se juntarán al progreso y bienestar, siempre y cuando no sean engañadas o sometidas por personajes cuyo único real objetivo sea concentrar el poder ajeno por incompetencia o egoísmo.

 


 
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A lo largo de la historia han surgido, especialmente durante la era industrial, por la marcada diferencia que existía entre sociedades agrícolas e industriales, corrientes de pensamiento que hacían una distinción entre culturas que por su naturaleza podrían progresar y culturas que por su naturaleza jamás podrían hacerlo.
Sin embargo, esta línea de pensamiento está en completo desuso hoy en día. Esto es porque, luego de la II Guerra Mundial, o sea, a partir del comienzo de la era de la información, la forma de entender el mundo cambia radicalmente. Y, como parte de este cambio radical, se elimina todo prejuzgamiento sobre la capacidad de las personas que nacen en sociedades más atrasadas. Comienza a comprenderse que son otras las fuerzas que condenan al estancamiento a distintas sociedades del globo. Y son fuerzas que no necesariamente provienen de la capacidad de las personas.

 

Se entiende que todas las personas, por el simple hecho de ser seres humanos, poseen el don natural de la creatividad individual. Por lo tanto, todos tenemos una mínima capacidad de generar riqueza, perfeccionarnos y progresar, que se incrementa a medida que poseemos mayores posibilidades de cooperar con otras personas. Pero este don natural y esa posibilidad muchas veces son inhabilitados o reprimidos por factores externos, tales como la concentración excesiva del poder en los gobernantes. Y resulta fundamental, para entender por qué la generación de riqueza requiere de una cierta desconcentración del poder político, indagar sobre la naturaleza misma del poder político y compararla con la de la riqueza.

 

Es importante aclarar que el poder político, entendido como capacidad de influir en el comportamiento de las personas con el respaldo de la violencia, sea ésta latente o efectiva, es un bien rival. Esto quiere decir que existe por sí mismo, no puede generarse. Es decir, las posibilidades o límites físicos del comportamiento humano estarán dados por la naturaleza y la tecnología, y más allá de eso permanecerán invariables. Luego, esa especie de cantidad de comportamiento disponible, podrá dividirse entre gobernantes y gobernados según el sistema político existente, debido a que cada sistema político lleva a una determinada distribución general de la capacidad de influir sobre el comportamiento humano por medio de la violencia.

 

A diferencia de la riqueza, que se genera con el trabajo, el poder político se concentra y se absorbe si se lo acumula, dejando a las demás personas con una menor capacidad para influir sobre su propio comportamiento, y por lo tanto con una menor capacidad para crear riquezas y edificarse un futuro digno, debido al menor poder de decisión, cooperación y adaptación a las circunstancias. Por eso la democracia ha sido condición para que los países se desarrollen, entendida ésta como desconcentración del poder político.
A veces la delegación de poder en autoridades representativas es necesaria para llevar a cabo actividades socialmente necesarias que los individuos no podrían llevar a cabo por sí mismos, pero esta clase de intervención amplía, y no reduce, la esfera de influencia y poder de los ciudadanos.

 

La sola existencia del Estado representativo implica cierta concentración del poder político, pero la misma es un mal menor en relación a la anarquía, el avasallamiento del más fuerte y la pobreza fruto de una menor libertad y seguridad para cooperar que resultarían de una desconcentración exagerada del poder político y de la incapacidad para encarar problemas nacionales o transnacionales de manera integral. Queda claro que en ese marco de ausencia del Estado el resultado sería una mayor, y no menor, concentración del poder político. Por eso no está mal decir que la tarea de los gobernantes debiera ser la búsqueda de la mayor desconcentración posible del poder político, evitando el autoritarismo pero sin caer en la ausencia del Estado, que produce un vacío de poder que termina siendo llenado desde arriba y generando un autoritarismo mayor.

 

A lo largo de la historia, se ha visto cómo culturas consideradas ajenas a los supuestos "valores occidentales" se han modernizado, democratizado y desarrollado. Basta citar los ejemplos de Japón, Corea del Sur, Chile o incluso en gran medida Turquía. Y esto es una demostración más de que el progreso es originado, no por una cierta identidad cultural o procedencia geográfica, sino por la desconcentración del poder que implica una mayor cantidad de herramientas a disposición de la gente para generar riqueza, cooperar y edificarse paulatinamente un futuro próspero y feliz. Y esta desconcentración del poder político ha sido maximizada por medio de la división e independencia de los poderes, el Estado de Derecho, las elecciones libres, la descentralización administrativa, simplificación y reducción de impuestos, entre los puntos más importantes.
No sería errado, por lo tanto, mantener un generalizado optimismo acerca del futuro de la humanidad. Y esto no implica caer en la ingenuidad de creer que el poder va a desconcentrarse automáticamente, sin requerir de grandes esfuerzos ciudadanos que triunfen sobre intereses creados, los prejuicios y la ignorancia. Lo que esto implica es que podemos mantener las esperanzas intactas, juntar fuerzas y seguir adelante a través de los desafíos y las adversidades, ya que todas las personas, tarde o temprano, se juntarán al progreso y bienestar, siempre y cuando no sean engañadas o sometidas por personajes cuyo único real objetivo sea concentrar el poder ajeno por incompetencia o egoísmo.

 

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