"El grueso de América latina va en la buena dirección, que es mi democracia política", dice Vargas Llosa.
La principal característica que define a Mario Vargas Llosa es su profunda vocación de escritor y la fidelidad que le pregonó a ese propósito a lo largo de toda su vida. Nació en la localidad peruana de Arequipa un 28 de marzo de 1936 y sus padres ya se habían separado antes de que él naciera. Pasó su infancia en Cochabamba, Bolivia, donde cursó los primeros estudios, pero al cumplir los diez años la familia retornó al Perú y se instaló en la ciudad de Piura, donde su abuelo había obtenido un cargo político. Allí conoció a su padre, que residía en Lima y al poco tiempo se trasladó hacia esa ciudad junto con su madre. El episodio del reencuentro con el padre, sumado a la férrea disciplina que le exigía, provocó que esa vocación por la literatura surgiera casi como una rebelión contra la autoridad paterna.
En la capital del Perú, Vargas Llosa estudió en el Colegio La Salle y también estuvo dos años en el Colegio Militar Leoncio Prado. Basada en las vivencias adolescentes como cadete de esa institución, escribió su novela La ciudad y los perros, publicada en 1962, y que suscitó la atención de la crítica especializada.
Ya instalado en Europa gracias a una beca de estudios que le permitió viajar a Madrid en 1959, Mario Vargas Llosa dio forma definitiva a una extensa obra literaria, ensayística y periodística. Así surgieron La casa verde (1965), que obtuvo el Premio Rómulo Gallegos, Conversación en La Catedral (1969), Pantaleón y las visitadoras (1973), La guerra del fin del mundo (1981), la autobiográfica El pez en el agua (1993), La fiesta del Chivo (2000) y Travesuras de la niña mala (2006), entre muchas otras.
En la década de 1980, Vargas Llosa se volvió políticamente activo y causó sorpresa por sus posiciones liberales. En 1987, ante los intentos del gobierno de Alan García de nacionalizar la banca peruana, se perfiló como líder opositor, encabezando la protesta contra esa acción. Inició su carrera política y se presentó como candidato a la presidencia del Perú en 1990. Durante buena parte de la campaña electoral, fue el candidato favorito. Sin embargo, el súbito crecimiento de la popularidad de Alberto Fujimori, quien hasta 15 días antes de la elección aparecía con menos del 10% de las preferencias, forzó una segunda vuelta electoral en la cual Vargas Llosa fue derrotado.
Invitado por la Fundación Libertad, que conmemoró sus veinte años de vida, Mario Vargas Llosa estuvo por tercera vez en Rosario, donde participó de un seminario sobre la actualidad y el futuro de Latinoamérica. "Es muy simpático estar pasándola con tantos amigos. He encontrado a la ciudad más grande, con un crecimiento importante", dice. A esta altura ya un clásico vivo de las letras hispanoamericanas, y con 72 años recién cumplidos, sigue siendo un manantial permanente de ficciones así como un hombre de ideas, reflexiones profundas y también polémicas sobre el pasado, presente y futuro de la realidad de América Latina.
—¿Para usted la literatura es una forma de vida?
—Eso es exactamente. En una de sus cartas, que leí cuando era muy joven y que recuerdo siempre, Gustave Flaubert decía: "escribir es una manera de vivir", y lo he venido comprobando poco a poco que es exactamente así, al final escribir es mi manera de vivir. Es lo que organiza enteramente mi vida y es mi actividad principal; es lo que me da un orden porque llevo una vida que es bastante desordenada debido a que viajo mucho y que vivo en distintos sitios. Sin embargo tengo un orden y ese orden me lo da mi trabajo de escritor. La de Flaubert creo que es la mejor definición de la vocación literaria.
—¿Esa manera de vivir que es la literatura se relaciona con alguna búsqueda particular o especial?
—Desde que comencé, escribir es un trabajo que tengo organizado. Lo hago de manera muy metódica y prácticamente lo realizo respetando horarios. Trabajo mucho y rindo poco porque reescribo casi todo y cada libro me toma dos o tres años. Al principio me cuesta mucho esfuerzo y después bastante menos. Lo que realmente me divierte es cuando ya empiezo a rehacer y a corregir, cuando tengo la seguridad de que el libro está allí en bruto y sólo se trata de pulirlo e ir rescatándolo de esa cantidad de hojarasca que lo rodea. En esa parte del trabajo es cuando realmente siento un verdadero gozo y donde me puedo dedicar una infinidad de horas sin darme cuenta. En cambio, la primera versión siempre me resulta muy dificultosa, incluso teniendo clara la idea de la historia que deseo contar. Pero lo que constituye un aliciente es saber que apenas termine ese borrador voy a trabajar en lo que me gusta, que es reescribirme.
—Más allá de ese primer momento un poco incómodo, ¿usted cree en la inspiración como una verdadera fuente literaria?
—A mí me parece que hay algo de inspiración, no sólo es trabajo. Creo que fue Bernard Shaw el que dijo: "el talento es un diez por ciento de inspiración y un noventa por ciento de transpiración". Por lo menos en mi caso esa es una definición muy exacta. Hay días en que uno está como más alerta para las ideas, las imágenes, para el uso del lenguaje y hay otros en que menos. Pero digamos que eso es una parte simplemente, creo que lo fundamental es el gran esfuerzo que hace uno para materializar esos raptos o estados de exaltación que denominamos inspiración.
—¿Cuál es para usted el papel que cumple la memoria a la hora de trabajar en literatura?
—Es muy importante y creo que lo es para todos los escritores. En todo caso para mí lo es, porque el punto de partida de todo lo que invento son siempre recuerdos o memorias de algún personaje, de alguna situación o de anécdotas vividas. Siempre ha sido el punto de partida esa bolita de nieve que se echa a correr y que va creciendo. Después, desde luego, la fantasía juega un rol importantísimo pero siempre el inicio lo otorgan algunas imágenes de la memoria. Por lo tanto, creo que la memoria es la fuente principal de un escritor. Claro que después hay todo un trabajo de investigación que se va entremezclando con la fantasía. Cuando yo escribo novelas de tipo histórico eso me exige recurrir a la documentación pero sobre todo para familiarizarme con el medio social y el paisaje geográfico. Es decir que no lo hago con la idea de ser absolutamente fiel sino que lo utilizo con la finalidad de sentir una cercanía con aquello que estoy inventando.
—Varias de sus novelas cuentan la historia de dictadores latinoamericanos. ¿Qué fue lo que lo motivó a meterse tan de lleno en este tipo de temática?
—Lo que pasa es que como latinoamericano pues he vivido bajo dictaduras una buena parte de mi vida, entonces soy muy sensible al tema. Y en el caso de Rafael Leónidas Trujillo (dictador de la República Dominicana en el que se basa la novela La fiesta del chivo), él llevó a su máxima expresión todas las características de una dictadura. Absolutamente todo. La crueldad, la corrupción, la teatralidad, y lo hizo en un extremo tal que no se compadece el tamaño de un país como la República Dominicana con lo que fue la popularidad de Trujillo. Y creo que eso ocurrió porque el llevó a lo máximo ese mundo de crueldad y circo que también es una dictadura.
—¿Tiene intenciones de volver a escribir sobre algún otro dictador?
—Son novelas que me han costado mucho trabajo y la verdad que estoy hasta la coronilla de dictadores. Al escribir sobre Trujillo, escribí sobre todos los demás. Entonces de alguna manera, están todos resumidos en esas páginas.
—¿Tiene alguna referencia sobre la literatura argentina en la actualidad?
—De lo más joven conozco muy poco porque al vivir lejos de aquí no llega siempre la literatura más nueva así que no me atrevería a opinar sobre ella. Pero el último año he estado trabajando en un ensayo sobre Juan Carlos Onetti y por ese motivo he leído a autores que leyó y frecuentó Onetti. Algunos escritores argentinos tuvieron influencia sobre él y yo apenas los conocía o no los conocía, por ejemplo Roberto Arlt, al que había leído poco y mal. Para mí resultó una experiencia muy interesante porque en su momento Arlt fue un escritor muy novedoso, que utiliza un lenguaje de la calle y para nada libresco, en contraposición por ejemplo a Eduardo Mallea, que era su contemporáneo. Roberto Arlt tenía una imaginación incandescente, enloquecida de a ratos y que desde luego dejó una huella muy importante en la obra de Onetti.
—¿Qué reflexión le deja su paso por la política?
—Fue bastante ingrato porque hice política en un período muy malo de la historia de mi país. Había una terrible violencia, el terrorismo de Sendero Luminoso, el contraterrorismo, había sangre, atentados, muertos y la campaña electoral fue una guerra sucia muy violenta. Entonces conocí lo peor de la política. Pero no lo lamento porque fue enormemente instructivo; un escritor a veces tiene una idea muy irreal del mundo político. Se imagina que es una cuestión solamente de ideas o proyectos y la política tiene el efecto de sacar lo más sucio del ser humano. Aunque no tuve éxito, una de las cosas primordiales que aprendí es que yo no soy un político, que carezco de las virtudes, si se puede llamar así, de un político. Pero tuve la posibilidad de conocer la política mucho mejor de lo que la conocía y además también aprendí a ver a mi país de una manera distinta. Yo creía que por haber viajado por el Perú lo conocía mucho y sin embargo descubrí una cara completamente nueva haciendo política. En síntesis fue una experiencia muy instructiva.
—Su hija Morgana es fotógrafa. Si usted tuviera la posibilidad de enfocar con su cámara, ¿qué fotografía actual sacaría de América latina?
—Pues América latina es un ser bifronte. Hay una cara muy positiva, que es moderna y vive el siglo XXI, y otra muy primitiva, que vive completamente aferrada al pasado, que se niega a aceptar la modernidad y hacer lo necesario para entrar en ella. Esa es una pugna en la que todos estamos inmersos.
—Entonces, ¿cuáles serían los desafíos de la región tanto para el presente como para el futuro?
—El desafío es fortalecer la democracia y hacerla progresar. Llevarla a los países donde todavía no existe o afianzarla en aquellos en los que está desapareciendo. En el resto de América latina existe de una manera muy imperfecta o está amenazada, pero existe. Es una realidad y ahí lo que se trata es que eche más raíces y de que la defiendan contra la involución y el retroceso. A pesar de que hago muchas críticas de lo que pasa en América latina no me considero pesimista. Me parece que no está retrocediendo sino que hay factores que la desestabilizan pero el hecho es que el grueso de América latina va en la buena dirección que para mí es la democracia política. Eso es lo que está empujando a la gran mayoría de los países de la región.
—¿De qué manera le gustaría que lo recuerden: como escritor, periodista, político o crítico?
—Sin dudas como escritor. Lo que más me gustaría que tuvieran mis lectores de mí en el futuro, si es que los tengo, es la imagen que yo tengo de los escritores que a mí me han enriquecido la vida. Como Flaubert, James Joyce, John Dos Passos, Jorge Luis Borges: ser recordado de la manera en que pienso en esos autores desde luego es lo mejor que me podría pasar como escritor.
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