Jueves 3 de abril de 2008
http://www.lanacion.com.ar/archivo/nota.asp?nota_id=1000829&origen=acumulado&acumulado_id


Entre la modernidad y el populismo
 

El vigésimo aniversario de la Fundación Libertad, celebrado días atrás en Rosario, fue un acontecimiento apropiado para la discusión de ideas en relación con los principios liberales que han dado origen a esa institución. El gran escritor peruano Mario Vargas Llosa, que preside una organización de políticos, intelectuales y empresarios reunidos a escala internacional para la defensa de un ideario similar, estuvo en el eje natural de los dos días de debate.

Saltó a la vista durante esas sesiones que no todos los liberales piensan de igual modo en la infinitud de materias que conciernen a la humanidad y a lo que se pueda hacer en favor de su progreso.

No ha contribuido mucho en las últimas décadas, al menos en la Argentina, la apropiación del liberalismo por mentes centradas, estrictamente, en la defensa de la libertad de los mercados económicos. No ha sido ésa, sin embargo, la tradición del liberalismo histórico en la Argentina. Un liberalismo defensor, por cierto, de la libertad económica, pero no menos que de ella de las libertades públicas y de las garantías individuales de los ciudadanos en los términos rotundos prescriptos por los constituyentes reunidos después de Caseros. Un liberalismo que condena los fanatismos, exhorta a la tolerancia, al consenso, al diálogo, y condena la atrocidad de la violencia física y moral contra individuos y gobiernos legítimos, como el de Colombia.

Libertad política. Libertad económica. Libertad social. Libertad cultural. Un solo liberalismo. Indivisible respecto de su compromiso con todas las libertades y con la legalidad que las sustenta. Fue ése el pabellón conceptual con el que el escritor peruano guió desde la apertura las deliberaciones. Desde ese mismo momento dejó también convenido que un liberalismo que creyera sólo en la libertad de mercados es un liberalismo deshumanizado, fácil presa de la tentación autoritaria y carente de la indispensable capacidad de generar emociones.

¿Quiere -y debe- el liberalismo ocupar en adelante un lugar en relación con las contraposiciones intelectuales forjadas desde las antiguas antinomias de izquierda y derecha? ¿Sería eso posible, práctico, lógico, deseable? ¿Deberían los liberales alinearse detrás de un partido o actuar como protagonistas de una tendencia de pensamiento que antes de mediados del siglo XX ya había sido definida como renuente a ceñirse a los estrechos límites de un partido político? ¿No es, acaso, el liberalismo una cultura y desborda, por lo tanto, con facilidad los límites inevitables de un mero agrupamiento de ciudadanos?

Hubo de convenirse en que algunos de los hechos más racionales de la política mundial de las últimas décadas han sido gestados desde estructuras políticas socialistas. Ha sido el caso de la revolución económica y administrativa que en paz han hecho los socialistas en Nueva Zelanda. O lo que ha significado, como renovación del pensamiento político el socialismo británico de Tony Blair. ¿Alguien piensa con seriedad que el futuro es de esta Venezuela y no de Chile?

En otras palabras, ¿tiene sentido seguir dividiendo al mundo entre izquierdas y derechas como se ha hecho desde la Revolución Francesa? ¿O habrá llegado la hora de aceptar, en cambio, de una vez por todas, la lógica discursiva de Felipe González, otra figura dominante del socialismo, y convenir que la principal línea divisoria de aguas pasa entre la modernidad y su opuesto, el bonapartismo?

"Bonapartismo" es la denominación legitimada en la ciencia política para abarcar el sinfín de ejemplos de gobiernos populistas que se han ido sucediendo desde el siglo XIX, con prescindencia de izquierdas y derechas. No es otra cosa que la mediación fatal de un Estado paternalista, prepotente, infiltrado con sus regulaciones asfixiantes en todas las actividades privadas. Fascismo camaleónico, en suma, que a veces ha sido de derecha y otras de izquierda, dejando al final el irremediable balance de sus estragos, como lo muestra la experiencia de los últimos setenta años en América latina y, particularmente, en la Argentina.

"Nadie nos devuelve el tiempo perdido", se lamentó uno de los oradores. Como nadie devuelve a los hijos y nietos que han hecho el viaje sin retorno al éxodo hacia tierras de promisión, mientras que los descendientes que quedan se preguntan, frente a la angustia de padres y abuelos, qué siguen haciendo aquí entre la imprevisión que acecha a cualquier instante y las elucubraciones burocráticas e ideológicas ingeniadas para trabar el progreso real, el bienestar continuo y sostenido.

Nada de lo que ha ocurrido se arregla con la democracia callejera de estos días. Habrá que acentuar el entusiasmo y el coraje cívico e intelectual de defender en el campo múltiple de la cultura las ideas de la libertad. Es allí donde se ganan las batallas de verdad. Habrá que exhortar con más energía a los mejores -sobre todo a los jóvenes más capaces- a comprometerse con la política, aun con todos sus riesgos y sinsabores.

Los populismos han hipotecado, como bien se hizo notar en los debates, el futuro argentino. Han destruido el crédito, la moneda, el ahorro; han creado ilusiones de progreso a partir del espejo de consumismos efímeros. Se han desentendido de la educación, sin la cual cae el sagrado principio de igualdad de oportunidades para todos, y han hecho estropicios de la Justicia, al procurar ponerla al servicio de los gobiernos de turno.

Los buenos ejemplos de administración de la esfera pública están a la vista tanto en América latina como en el resto del mundo. Bastará con seguirlos, sin perjuicio de su adaptación a las modalidades propias del sentimiento y de las necesidades nacionales.

El hombre está en permanente gestación, es inconcluso, precisamente porque es imperfecto. Así también sucede con el liberalismo, sobre el cual quedó claro en Rosario que constituye en sí mismo una cultura, una cultura abierta, que lejos está de pretender haber llegado a una palabra final.